El feminismo es un negocio (y yo ya no compro), por Candela Sande

Sociedad Lunes 12 de Marzo de 2018

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Cartel feminista

El movimiento feminista se ha convertido en la supuesta defensora de los derechos de las mujeres, aunque ha dejado a miles de mujeres fuera de sus proclamas. Y en el fondo se ha vuelto un negocio más en el que azuzando problemas reales, unas pocas se llenan los bolsillos con sus prebendas.

Santo de altar tiene que ser un médico para desear en serio que todos nos conservemos siempre sanísimos, igual que el dueño de un taller, por magnánimo que sea, se alegra de que los coches se estropeen y fallen.

Es la naturaleza humana: hay que vivir, y todos vivimos de algo, por lo general de una carencia del prójimo. Y por eso mismo es una ley de hierro que si mañana nombras a alguien director general de la Lucha contra los Gamusinos, con buen sueldo, influencia y prestigio, se ocupará muy mucho de que los gamusinos no desaparezcan jamás.

El feminismo es algo así, un negocio. Si tienen la paciencia de echar un vistazo a los presupuestos verán qué cantidad ingente de grupos, departamentos y ONGs varias viven de luchar contra el Patriarcado, poniendo siempre mucho cuidado en que el pobrecito no muera o, mejor, en pretender que existe y es poderoso como Júpiter Tonante.

Yo sé bien que tengo, en este país y en todos los de nuestro entorno, idénticos derechos a cualquier hombre, aunque no tantos privilegios como las izquierdas en general y las feministas en particular. Y eso, claro, es un problema. Porque si yo soy esa mujer fuerte, empoderada, capaz y poderosa como el trueno que publicitan mis hermanas en la lucha y, además, tengo los mismos derechos que un varón, ¿a santo de qué nos manifestamos?

Aquí es donde entra el rico imaginario de mitos y leyendas, nutrido y fantasioso como un bestiario medieval, que va desde esa ridiculez de los micromachismos -que no son otra cosa que tics masculinos que pueden ponernos de los nervios como sucede a la inversa- hasta la imponente figura del Patriarcado, ese asustabobos, ese coco que da de comer a tanta indocumentada salvaféminas.

El Patriarca no tiene nombre ni rostro, lo que es más que conveniente, porque así no hay forma de matarlo y se le puede combatir indefinidamente, algo similar a las variables, deliciosamente infinitas, que prevé el Cambio Climático (marca registrada).

Una ve alinearse a las marcas y las empresas a nuestro lado en la lucha, ve a todos los partidos animándonos con una sonrisa de oreja a oreja, ve a medios peloteándonos sin rubor y a la crema de la intelectualidad dándonos la razón en cada una de nuestras pataletas y no puede por menos que preguntarse: ¿contra quién luchamos, exactamente? ¿De quién somos, concretamente, víctimas?

Porque la izquierda nos quiere víctimas, la izquierda nos necesita víctimas, igual que necesita impotente al proletario y dependiente al inmigrante. Nos llaman, con una voz, capaces y fuertes, y con otra nos dicen que estamos condenadas a la opresión, que nada de lo que nos va mal, de lo que nos frustra es culpa nuestra o siquiera del azar, sino fruto de una inasible opresión de la que solo ellos nos pueden salvar. La izquierda ama tanto al oprimido que no hace más que multiplicarlo.

Pero aquí se les ha ido la mano, porque si el homosexual y el heterosexual pueden vivir perfectamente el uno sin el otro, si el inmigrante se puede enfrentar al nativo de modo más o menos indefinido, si el obrero puede estar de uñas con el patrón, hombres y mujeres no puede vivir enfrentados. No quieren, para empezar, no queremos.

Cualquier mujer normal, al menos con alguna vida real a sus espaldas, sabe que eso de la sororidad, además de sonar tan mal como toda la ristra de neologismos que nos venden, es el timo de la estampita y la coartada más inverosímil que se vende. Cualquier mujer normal -estadísticamente normal- se siente más cercana a muchos hombres (su marido, su novio, su hermano, su hijo) que a congéneros del todo ajenas a su vida y que, plausiblemente, figuran entre sus explotadoras.

La prueba de lo que digo está en que, a pesar de la omnímoda, universal y machacona propaganda, las encuestas indican una tras otra que la etiqueta de feminista sigue resultando incómoda a una mayoría. Es cada día más fácil olfatear la estafa, detectar al timador que quiere llevarse mi agua a su molino.

No soy una víctima. No soy una borrega. No le debo nada de mis derechos y libertades a esta caterva de viragos chillones, no es su lucha la que me libera, sino la ley y la tecnología. Tarde o temprano la verdad se impone, y muchas de las que hoy, por gregarismo descerebrado e inexperiencia, siguen al flautista de Hammelin del feminismo, acabarán cayendo en que solo se trata de eso, de un negocio que mantiene ocupadas a muchas -y muchos- que no tendrían dónde caerse muertas (o muertos).

 

 

Fuente: Candela Sande para ACTUALL

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