LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA SOPA DE LETRAS

Sociedad Viernes 29 de Septiembre de 2017

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Un 13 de junio cuando falleció mi querido tío Sydney: alegre y chistoso con todos los sobrinos que visitábamos su casa, pero intolerante a la hora de consentir caprichos gastronómicos infantiles en los almuerzos y cenas. Así, por ejemplo, recuerdo que siendo niño fui invitado a pasar un verano en su hogar, días en los cuales mi tío consiguió algo insospechado: hacerme beber la temible “sopa de letras”… célebre por los fideos representando números decimales y letras del abecedario.

Yo tenía tan sólo ocho años, pero como mi aborrecimiento por la sopa de letras se remontaba a épocas inmemoriales de mi vida… mi negativa a beberla incluía el propósito de resistir hasta la sangre; y por eso tío Sydney tuvo que esforzarse sobre manera para conseguir su objetivo. En efecto, primero se armó de paciencia y comenzó a seducirme con un razonamiento tierno pero inaceptable. “¡Querido sobrino, la sopa de letras te permitirá aprender a leer más rápido!” Para simplificar la historia te diré que terminé bebiéndola por otro argumento más persuasivo: su venerable y amenazante mirada. En fin, hoy agradezco a Dios el extraordinario poder argumental de mi tío, pues sin su sopa de letras jamás hubiera sido un lector apasionado.

Pasaron los años, y al comenzar mis estudios sacerdotales me topé con la Teodicea: ciencia que estudia la existencia de Dios. En las primeras lecciones el catedrático nos explicó las tesis filosóficas que fundamentan las cinco demostraciones de Santo Tomás de Aquino explicando racionalmente la existencia de Dios, y al llegar a la quinta vía (orden intrínseco del Universo), utilizó un ejemplo que me recordó a mi tío Sydney:

-Imagínense un cocinero preparando sopa de letras para veinte invitados sentados a la mesa, y que al servirla se le vuelca la sopera… y su contenido queda desparramado en el  mantel. Es obvio que si como fruto de aquella brusca maniobra la sopa de letras dejase espontáneamente impresas sobre la mesa las once inmortales estrofas de la versión original de nuestro Himno patrio…

“Oíd mortales el grito sagrado:

   ¡Libertad, libertad, libertad!…”

… todos exclamarían: ¡Milagro! Y también es obvio que si un invitado llegase tarde y se encontrara con esos versos impresos en el mantel, sólo admitiría como respuesta lógica esta hipótesis: “En mi ausencia ustedes compusieron las estrofas”.

-Pues bien, desde las perspectivas del azar (casualidad) y el orden (causalidad), en el Universo material existen perfecciones naturales más extraordinarias e inexplicables que las de este hipotético “himno sopero”. Por ejemplo, los trilobites, pequeños animales marinos que miden como máximo ocho centímetros, debajo del agua no necesitan enfocar las lentes de sus ojos para visualizar objetos sin distorsiones, porque la óptica de sus lentes oculares se rigen por unas admirables leyes matemáticas que recién fueron descubiertas en 1956… descubrimiento científico tal vez meritorio, pero que los trilobites tenían plasmado en su organismo con quinientos millones de años de anticipación. Y lo mismo podría decirse de la óptica subacuática de los camarones, cuyas leyes los científicos descubrieron en 1964; y si estos científicos esgrimieran con orgullo su aporte al saber, no sería ilegítimo pensar que, de existir una hipotética “Asociación internacional de camarones”, ésta reivindicase en nombre de tales habitantes marinos el descubrimiento para sí… y como algo que los honra desde hace más de ochocientos cincuenta millones de años.

-Otras reflexiones podrían hacerse para manifestar que el Universo no es caótico, pues está dotado de un orden intrínseco absolutamente inexplicable en base al azar: el ritmo cardíaco que no se detiene jamás, los pulmones que respiran sin cesar, el girar regular de los planetas… y el creciente y espectacular desarrollo de la ecología. De modo que si nos admirásemos ante las estrofas de unos versos patrios formados casualmente por el hipotético vuelco de una sopa de letras sobre la mesa… ¡¿cuánto más deberíamos quedar impactados ante la perfección de los trilobites y camarones que, además de no ser hipotética sino real, estadísticamente es mucho más inexplicable?

-El orden del Universo material invita a considerar que algún “Ser” inteligente estableció dicho orden... y digo Ser (con mayúscula), porque dentro del Universo no hay ninguna criatura dotada de capacidad intelectual y/o potencia física y material que pueda elaborar los millones de subsistemas físicos y matemáticos que rigen el gran sistema del Universo. Es decir, si las leyes ópticas de los trilobites y camarones sólo constituyen un “miserable” par de subsistemas descubiertos tras años de labor científica, sigue latente el gran interrogante de la Teodicea: ¡¿Quién fue el autor de los otros millones de millones de subsistemas físicos y matemáticos que rigen el sistema de la Creación?!

-Por tanto, si el comensal tardío sólo pudiese aceptar como hipótesis lógica que los otros comensales aprovecharon su ausencia para ordenar las letras e intentar sorprenderlo, jamás podrá afirmar que las perfecciones del Universo son fruto del azar… pues ni el conjunto de la humanidad complotada sería capaz de ordenar el Universo. Es decir, para admitir que la perfección universal es fruto del azar espontáneo, al comensal tardío debería tener una fe superior a la de todos los santos juntos… ¡demasiado pedir!

-Por tanto, la quinta vía de Santo Tomás de Aquino enseña que de la simple observación del orden universal se puede deducir la necesidad de un “Ser” inteligente y trascendente, y si este “Ser” es invisible no por eso debe rechazarse su existencia: los beduinos que encuentran huellas de camellos en el desierto, pero sin visualizar dromedario alguno, no vacilan en aceptar que algún camello pasó por allí.

-Por  eso San Pablo decía que a Dios no se lo ve directamente, sino a través de las criaturas: “Desde la Creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos en sus obras” (Romanos 1, 20). Pero descubrir a Dios en sus obras exige una cierta dosis de admiración, actitud intelectual ajena al espíritu del hombre mediocre definido por Chesterton: “El que se enfrenta con algo admirable pero sin darse cuenta”.

 Y así concluyó el profesor su explicación.

Querida madre de familia, a ti que tienes que enseñarle teología a tus hijos, te sugeriría que siempre que veas algo que te maraville por sus perfecciones, nunca dejes de invitar a tus críos a que se ejerciten en el espíritu de admiración. De este modo, desde la más tierna infancia aprenderán a afirmar la existencia de Dios; lo que les permitirá llegar al Cielo para entablar con Él una eterna amistad, la misma que yo espero que haya logrado mi tío Sydney… por quien todos los días rezo con afecto.

Fuente: PBRO. DR. PEDRO JOSÉ MARÍA CHIESA - FORO DE CUYO

Comentarios

IVAN IZQUIERDO
Jueves 12 de Octubre de 2017

Caro Pbro. Chiesa: Por favor, ayúdeme. Necesito con urgencia un empujoncito intelectual. Tengo 80, soy Biólogo Experimental hace más de 60 años, y están flaqueando las piernas de mi Fe. Con un suplicante saludo, Iván Izquierdo (Porto Alegre, Brasil)

Respuesta enivada el Jueves 12 de Octubre de 2017

Estimado hermano: Gracias por escribir este comentario y, aunque dificultoso, trataremos de hacer llegar su pedido al Pbro. Chiesa (las notas las seleccionamos de otros medios). Por nuestra parte, nos atrevemos a aconsejarle que vuelva con insistencia a la oración y pida a la Santa Madre de Dios que interceda por su alma. Con certeza, Ella no lo abandonará en este tiempo tan difícil que está pasando.

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