Mamás cansadas: seis versículos para meditar y descansar

REFLEXIONES Martes 19 de Septiembre de 2023

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En su época, los profetas y evangelistas probablemente no entendían el concepto de agotamiento materno; sin embargo, sus escritos están llenos de buenas ideas para las madres cansadas. Sin duda es porque transmitían el mensaje de Cristo, fuente de toda paz.

Fuente: Aleteia - Mathilde De Robien

«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los que ama» (Jn 15,13). Una palabra de Cristo que muchas mamás pueden sentir que aplican, no al pie de la letra, ¡pero no muy lejos de ella! Noches sin dormir cuando los niños son pequeños, multitud de servicios prestados cuando crecen… Un sentido del sacrificio que resulta agotador cuando está desconectado del amor, carente de sentido o mal equilibrado. Cuando estás demasiado cansado, ahondar en la Biblia puede ser una fuente de paz y consuelo. Aquí tienes seis versículos que te invitan a descansar.

PIDE UNA SEÑAL AL SEÑOR

«Respóndeme pronto, Señor: ¡estoy sin aliento! No me ocultes tu rostro: yo sería de los que caen en la fosa. Hazme oír tu amor por la mañana, pues confío en ti. Muéstrame el camino que debo seguir; elevaré a ti mi alma» (Sal 143,7-8).

No siempre es fácil pensar en acudir al Señor cuando uno está al límite de sus fuerzas. Digamos que no es el primer pensamiento que nos viene a la mente. En cambio, el salmista nos invita a dirigirnos al Señor y pedirle que se muestre, que envíe una señal de su amor. Si permanecemos atentos, sin duda podremos acoger las gracias que el Señor nos envíe.

ESTEN SEGUROS DEL AMOR DEL SEÑOR

«Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá apartarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8, 38).

En tiempos difíciles, a veces dudamos de la presencia del Señor, incluso de su amor por nosotros; o nos decimos que no merecemos ese amor y nos sentimos culpables. Pero san Pablo es categórico: nada puede separarnos del amor de Dios, salvo nosotros mismos si lo rechazamos. En las palabras que Cristo dirigió a santa Faustina, la monja polaca apodada «apóstol de la misericordia divina», proclamó su infinita misericordia hacia el mundo entero: «Mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas». (Diario de Sor Faustina).

ENTREGA TUS CARGAS AL SEÑOR

«Vengan a mí todos los que están agobiados por una pesada carga, y yo los aliviaré» (Mt 11,28).

Una cosa es dejarse consolar por el Señor y otra muy distinta descargar sobre Él todo el peso de nuestras penas, dificultades y debilidades. Dios solo pide una cosa: que le dejemos actuar en nuestra vida. La invitación de Cristo encuentra eco en los salmos: «Desahógate ante el Señor; él cuidará de ti. Nunca dejará caer al justo» (Sal 54). Sin embargo, esto requiere un acto de abandono y confianza en Dios que no es necesariamente evidente: hemos hecho todo lo humanamente posible, ahora le toca al Señor actuar según su voluntad.

CONFIA EN EL SEÑOR

«Cuando los hombres aman a Dios, Él mismo contribuye a su bien, porque han sido llamados según el designio de su amor» (Rom 8,28).

Es difícil creer que todo contribuye al bien cuando todo va mal. ¿Cómo podemos imaginar que la enfermedad, las pruebas y las dificultades darán lugar a un bien mayor? ¿Y qué tenemos que ver nosotros con este bien mayor cuando todo lo que pedimos son pequeñas cosas? Aquí solo podemos observar nuestra ignorancia del plan de Dios. Una ilustración sorprendente es la petición que hizo Santa Zélie Martin en Lourdes: «Este año, iré de nuevo a la Santísima Virgen temprano por la mañana», escribió a Paulina un año y medio antes de su muerte, «quiero ser la primera en llegar; le daré mi vela como de costumbre, pero no le pediré niñitas; solo rezaré para que las que me ha dado sean todas santas, y que yo las siga de cerca».

«Para los que conocemos el final de la historia, qué impresionante es ver hasta qué punto el buen Dios escuchó su oración… ¿No respondió literalmente a su plegaria?», se pregunta Bénédicte Delelis en su último libro. «Sí, sorprendentemente, la Santísima Virgen no concedió a Zélie su deseo curándola. Pero el buen Dios, al parecer no concederle lo que tan legítimamente suplicaba, se disponía a concederle su deseo más querido, extrayendo de su sacrificio la santidad -la plenitud del amor- para sí misma y para todos los que amaba».

APUNTAR A LA SANTIDAD PARA loS HIJOS (QUE NO ESTÁ MAL)

«Nada me da mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad» (3 Jn 4).

A veces, detalles en los que ni siquiera reparamos cobran protagonismo. San Juan nos invita a alegrarnos cuando se busca lo esencial, es decir, «caminar en la verdad». De repente, las preguntas sobre el rumbo y el futuro de los hijos toman un cariz completamente distinto. ¿No es lo más importante que caminen por la senda de la santidad en lugar de ir a un colegio concreto o aprender un oficio determinado?

PERDON

«Soportaos unos a otros y perdonaos si tenéis alguna queja. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo» (Col 3, 13).

El conflicto es agotador, la paz es reparadora. Entonces, ¿por qué no buscar la paz con las personas que nos rodean? Nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestros seres queridos… La reconciliación implica perdonar el mal hecho, el daño infligido. Pero san Pablo nos exhorta a dar el primer paso, a imagen de Cristo que nos perdonó primero. «El mundo necesita el perdón. Demasiadas personas viven encerradas en el resentimiento y el odio, incapaces de perdonar, envenenando su vida y la de los demás en lugar de buscar la alegría de la serenidad y la paz», exhortó el Papa Francisco en 2016, durante su visita a Asís.

 

Fuente: Aleteia - Mathilde De Robien

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