La Amazonia arde. Para los argentinos, significa sequías

Difusión Viernes 30 de Agosto de 2019

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El incendio de la amazonia afectará el clima de 1,5 millón de Km2 de territorio, la economía de al menos 10 provincias y los ecosistemas de donde sale casi todo el producto bruto agropecuario argentino.

Las quejas de los noruegos y los alemanes sobre la deforestación del Amazonas no me interesan: si están tan preocupados por el calentamiento global, que los vikingos exploten menos gas, y que los nibelungos quemen menos carbón. Pero como argentino, el bosque amazónico sí es asunto mío: de ahí sale al menos el 20% de las lluvias de la llanura pampeana, y casi toda la lluvia monzónica de la llanura chaqueña.

Hablo de 1,5 millón de km2 de territorio, de la economía de 10 provincias y de los dos ecosistemas donde sale casi todo el producto bruto agropecuario argento.

El Capitán Motosierra”, como le gusta autodenominarse al presidente Bolsonaro, puede parecer una molestia transitoria, un clon militarizado de aquel vendepatria hoy fantasmal, Fernando Collor de Melo. Pero representa a un vasto y muy estable grupo de las burguesías brasileñas que en el siglo XX se fumó, como si nada, la tercera mayor formación forestal del planeta (la Mata Atlántica, de la que queda sólo el 7% en pie, en manchones dispersos en parques nacionales). Es el mismo bloque extractivista que en julio de 2019 disparó la tasa comparativa interanual de deforestación amazónica en un 274%. Asunto reportado por Ricardo Galvao, el director del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE), despedido al toque por Bolsonaro.

Hoy los ganaderos, madereros, mineros y constructores de diques exultan, pegándole fuego al monte. El 10 de agosto, los “fazendeiros” del estado de Pará organizaron el “Día del Fuego” y coordinaron la quema de pastizales y áreas de deforestación. Reclamaron: “Queremos trabajar y la única forma es ‘tumbar’”, explicaron a los medios. Desde que Bolsonaro asumió la presidencia, Galvao contó 72.843 focos de incendio con sus satélites de observación. Hasta que le saltó la térmica, habló públicamente y lo despidieron.

Desde el lunes que San Pablo, a 2700 km. de la mayor “queimada” de la historia brasileña, está oscurecida bajo el humo. En el área incendiada hoy arden 9500 focos de fuego. El tránsito aéreo sobre los estados de Pará, Amazonas y Acre fue interrumpido, así como el dictado de clases en las escuelas. Hay gente hospitalizada por inhalación de humo hasta en Paraná, estado “gaúcho” y bien al Sur.

¿Asunto de los vecinos? No, chamigo. Si desaparece la selva, la seca invernal de la Región Chaqueña se irá alargando hasta que la franja más húmeda y oriental, la pegada al Paraná quede en el mismo estado que la franja semiárida y occidental: un polvaderal espinoso, por alargamiento de la temporada seca de 3 a muchos más meses. Es decir, en términos agroecológicos, se produciría una expansión hacia el Este del Chaco Semiárido a expensas del húmedo. Sin duda habrá viento desde el Norte en verano, pero llegará cada vez con menos nubes, de menor desarrollo y densidad.

En cuanto a las lluvias de primavera y verano de la Pampa Húmeda, las hay de dos tipos: cuando no vienen del Atlántico llegan desde el Amazonas. Nuestros aguaceros de verano son frecuentemente la evapotranspiración de millones de árboles amazónicos inyectada en los vientos que bajan desde el Caribe, impulsados hacia el Sur por el calor tropical.

¿Quiere una imagen visual de la cosecha gruesa en la provincia de Buenos Aires con la selva amazónica reducida a manchas aisladas? Piense en febrero de 2018, las plantas mustias como papel arrugado, cuando la seca ya nos había hecho perder U$ 7000 millones en soja, girasol y maíz y las vacas, bajo el rayo de sol, se caían muertas en los feedlots y los potreros durante las olas de calor. Piense en eso pero todos los años y para siempre, como nuevo nivel “normal”. Si además hay una oscilación climática tipo “Niña”, peor.

Las precipitaciones amazónicas son hasta en un 60% “de ciclo cerrado”: el agua sube desde las raíces a las hojas, de las hojas a las nubes como vapor, y baja de las nubes a las raíces, como lluvia. En suma: llueve porque hay selva, y hay selva porque llueve.

Ud. retira la selva y pone soja o vacas (210 millones ya, y contando), y las lluvias desaparecen. El paisaje es otro de la noche a la mañana: en lugar de un bosque de tres estratos donde la luz no llega al suelo, lo que queda es matorral espinoso, resolana y polvo. Sí, más o menos como en el estado de Matto Grosso do Sul. Ahí Ud. también descubre que el suelo no era fértil y profundo, sino delgado, arcilloso, rojizo, volátil y de yapa, flojo en nutrientes. En la selva, Brasil viene practicando una agroganadería kamikaze.

Duradera como viene siendo (55 millones de años ya, y todavía tirando), la selva Amazónica se ha creado a sí misma. En términos de funcionamiento ecosistémico, produce su propia lluvia y se autofertiliza gracias a una descomposición “express” por parte de hongos y bacterias de la materia vegetal muerta. Sin llegar a ser un «tupperware» cerrado, ya que recibe nutrientes del Sahara aerotransportados por los vientos, cantidad de agua fluvial desde las raíces andinas de sus grandes ríos y vapor generado por el Mar Caribe, de todos modos es el equivalente biológico de un piloto que vuela tirándose de los pelos. Y hoy ostenta el mayor rodeo vacuno del mundo. Lo que ya no hay es agua para tanta vaca o tanta soja.

Esa nueva y persistente sequía en los estados que más selva arrasaron es el único freno real a la expansión sojera y ganadera. En tiempos del presidente Luis Inazio “Lula” Da Silva, como novedad absoluta, también lo fue el gobierno. Con su entonces Ministra de Medio Ambiente, Marina Silva aplicando la ley a rajatablas, y una nueva constitución en 2008 que otorgaba la administración de la selva al millón de indios que todavía no han sido echados o exterminados, la tasa de deforestación bajó en un 80% respecto de la habitual en tiempos de Enrique Cardozo. Pero nunca desapareció. Estaba tomando aliento.

Bastó que Lula autorizara la construcción de la represa de Belo Monte, sobre el Tapajoz-Tocantins, para que la Ministra se fuera con un portazo. Lo novedoso es que se llevó un 20% de los votos del padrón, que el PT creía propios. Esa historia proviene, curiosamente, del fracaso del Programa Nuclear Brasileño, y la hemos contado aquíaquí y aquí.

Marina Silva se vengó: logró que en el Parlamento se levantaran muchas manos a la hora del “impeachment”, ese golpe híbrido legislativo-mediático-judicial que tiró de la presidencia a Dilma Rousseff y puso en su lugar a Michel Temer. Luego siguieron unas elecciones con proscripción del candidato con más intención de voto (Lula), y henos aquí con el Capitán Motosierra. Silva debe estar queriendo matarse.

Que Bolsonaro pueda llegar o no a término de su presidencia es anecdótico. Lo que cuenta es que hay bloques enteros de la burguesía brasileña que siguen viendo la selva no como una proveedora de agua y recursos biológicos sino como un problema económico que se corrige con “queimadas” en la estación seca, topadora y motosierra el resto del año, y culatazo y bala cuando los originarios no se avienen.

Fuente: Daniel E. Arias para AGENDARWEB.COM

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